
Al dejar que la Energía Divina nos envuelva como lo hace una ola en el mar, sacude de tal forma nuestro interior que al llegar a la orilla, todo aquello que nos preocupaba se ha desintegrado. Hay la sensación de: ¡qué nimiedad más ridícula me atenazaba …! La calma y la felicidad han reemplazado el estrés de la preocupación, y ahora puedo ver con claridad y también puedo verlo como un entretenimiento. Es tal la fuerza del Amor de Dios.