
Entrar en este conocimiento fue el fruto o la ocasión, de haber lanzado un lamento al Universo. Para aquel entonces…, solo hablo de ocho años atrás, ello era mi dios, mi cajón de sastre donde meter todo lo que no abastaba mi intelecto. Aquel día fue memorable, digno de guardar en la memoria eterna del subconsciente, porque el “universo” sorprendentemente respondió.
Al cabo de un tiempo, dejando pasar los años, alcanzo la posición donde me encuentro en este momento, en dónde el Universo cambia nombrándose de una forma que nunca hubiera imaginado. Al otro le agradecí, como se puede agradecer que te rasguen el alma, todo lo que me estaba sucediendo. Me sentí en contradicción, puesto que por un lado le hacía culpable de todos mis males, y, por otro lado, había aprendido en un taller especial que se debía agradecer todo lo que nos ocurriese en nuestra vida. Así en medio de esta paradoja me hice a mí misma una profunda promesa: “A partir de este momento abro las puertas a la novedad (la magia) en mi interior y cierro el armario de lo establecido (lo arraigado)”
Como aquel que le pide un deseo al genio de la lámpara, le pedí a ese elemento antes de dejarse de nombrar universo, sabiduría; me visualicé como una anciana de largos cabellos blancos sentada en una cabaña en medio del bosque, con los ojos sumergidos en lo eterno. No digo que el deseo se haya cumplido, falta mucho trecho, pero el deseo de saber se está cumpliendo y ahora ya sé otra cosa…, que para la sabiduría primero hace falta fortaleza.
Nunca hay que perder la fe y el entusiasmo de invocar lo profundo en nosotros mismos. Entonces sucede lo que ha de suceder.