
Sin duda mi vida no ha sido una línea perfecta dibujada de un trazo recto sin altibajos.
¿Qué sentido tendría la vida en este mundo, en donde todo lo que sube demasiado se estrella contra el suelo, pretender que las experiencias fuesen lineales? No seríamos capaces de percibir el contraste. Ese mundo no sería el mundo en donde todas nuestras células han acostumbrado a desarrollarse. Sin embargo, perseguimos la paz y la felicidad; será porque nos falta; será pues también porque las hemos conocido o las hemos apercibido en algo o en alguien. No podemos desear aquello de lo que no sabemos de su existencia.
Toda mi vida se resume en un solo objetivo: cumplir deseos; creo que no estoy sola en esa búsqueda, podría asegurar que es la única meta de todo ser humano. A poco que reflexionemos podemos llegar a esa conclusión. Sin embargo es una meta agotadora; es como si se alejase más y más con cada deseo cumplido. En nuestro mundo occidental esa “frustraición” (me permito la licencia de fusionar dos palabras: frustración y traición) se percibe claramente en nuestros ojos. Después de todo, comparado con otros lugares del mundo, somos los más afortunados porque materialmente gozamos de comodidades impensables en según qué rincones de la Tierra; aún y así.., nuestros ojos no brillan, están apagados.
La “frustraición” nos embarga, porqué no llegamos a lo que realmente es la esencia de los deseos que termina con todos los deseos. El máximo deseo subyacente en cada deseo es la felicidad que nada material no nos proporciona o como máximo tiene fecha de caducidad. Nacemos ya con el primer deseo de que nos dejen en paz o que nos colmen todas nuestras necesidades: el primer azote del médico o la comadrona lo desata. A partir de ahí.., ya no podemos parar. Solo “paramos” cuando hemos tenido la gran fortuna de encontrar aquello que ha hecho que nada material sea imprescindible.
La gran fortuna es el amor espiritual que solo se experimenta cuando encontramos la Fuente de dónde proviene. Llegados a este punto hay una frase que solo se comprende cuando hemos alcanzado nuestra meta: “morir en vida” Sí, morir en vida significa que nada material tiene importancia. Cuando hemos llegado ahí, es que lo hemos logrado todo. Seguimos aquí porque tenemos un cuerpo, pero ya no es el objetivo buscar la felicidad en las cosas materiales. Se ha encontrado el Manantial que ha colmado al ser, al alma; en ese momento empiezo a vivir de verdad, puesto que ha desaparecido la “zanahoria” que se alejaba a cada paso; el espejismo de los falsos deseos se ha volatilizado y ahora solo queda gozar de esa felicidad auténtica hasta el final.
La meta y objetivo de todos nuestros deseos que se encuentra en nuestro subconsciente es, encontrar a Dios; cuando Le hemos encontrado (o Él nos ha encontrado a nosotros) sabemos en un segundo que eso es lo que deseábamos realmente durante toda nuestra vida, persiguiéndolo en todas nuestras relaciones y adquisiciones, sin ninguna duda. Entonces morimos en vida, lo que realmente significa vivir de verdad una vida consciente.